Dominar la fisioterapia invasiva hará que saques adelante casos donde el tratamiento conservador está fracasando: fibrosis del manguito rotador con años de evolución, calcificación que provoca conflicto mecánico, roturas parciales…
Pero existe una cuestión que la mayoría de fisioterapeutas pasan por alto: hay que saber la dosis que estás aplicando al tejido.
El PENS permitirá modular el dolor. La electrólisis percutánea creará el ambiente tisular óptimo para que después, nuestro programa de ejercicio terapéutico sea exitoso.
En la entrada de hoy, aplicaremos estos conceptos a un caso práctico de fisioterapia invasiva en una lesión SLAP.
Caso clínico: jugador de balonmano con lesión tipo SLAP
El caso que vamos a tratar es el de un jugador semiprofesional de balonmano de 35 años. Vino a consulta con un dolor profundo en el hombro derecho desde hace seis meses.
El inicio fue insidioso, tras un lanzamiento forzado en partido. Desde entonces, nota chasquidos, debilidad en gestos por encima de la cabeza y sensación de inestabilidad.
Sus síntomas eran de dolor anterior profundo, sin bloqueo articular, con síntomas típicos de afectación del complejo bíceps-labrum.
La resonancia magnética aportó un diagnóstico preciso: lesión SLAP tipo 2 con desprendimiento del labrum superior y un compromiso de la inserción del tendón del bíceps.

Su perfil no es raro: atleta overhead, sin lesiones previas relevantes en el hombro, con carga alta de entrenamiento y un tendón del bíceps que, como en casi todos los SLAP tipo II, participa en el problema.
En este caso, se decidió aplicar fisioterapia invasiva.
Razonamiento clínico: ¿por qué usamos fisioterapia invasiva en esta lesión SLAP?
La decisión de aplicar fisioterapia invasiva no se basó en la estructura lesionada, sino en la respuesta clínica del paciente. Cuando se usa fisioterapia invasiva, no se trata de “pinchar por pinchar”, se trata de entender cuándo la aguja aporta algo que el ejercicio por sí solo no puede lograr.
En este caso, el jugador de balonmano presentaba un dolor persistente pese a una buena programación de carga. Es decir, el problema no era la falta de trabajo, sino que el sistema había entrado en un “punto muerto”.
Cuando existe un dolor persistente o un tejido que no responde a los estímulos mecánicos habituales, técnicas como el PENS o la electrólisis percutánea permiten abrir una ventana terapéutica: reducen la hiperexcitabilidad neural y reactivan procesos biológicos de reparación.
Como hemos visto en otras publicaciones, el PENS actúa mediante mecanismos de modulación segmentaria y activación de vías inhibidoras descendentes, mientras que la electrólisis genera un microentorno inflamatorio controlado que estimula la migración celular y el remodelado del tejido.
En el contexto de una lesión tipo SLAP, esta combinación tiene un sentido muy concreto: modular el dolor del bíceps-labrum para permitir el trabajo activo y, al mismo tiempo, reactivar la actividad metabólica del tendón cuando este lleva meses sometido a fricción o tracción repetitiva.
Básicamente, buscamos crear las condiciones necesarias para que el ejercicio vuelva a ser efectivo.
Evaluación inicial: entender el sistema antes de pinchar
En nuestra primera sesión y, antes de aplicar cualquier técnica invasiva, se realizó la evaluación de la CPM (Conditioned Pain Modulation).
En este vídeo te explicamos cómo hacerlo.
El resultado fue normal, sin alodinia ni hipersensibilidad.
Esto es fundamental: nos dice que el sistema nociceptivo del paciente está modulando bien, por lo que podemos trabajar con estímulos eléctricos sin riesgo de sobreestimularlo.
A partir de aquí, el siguiente paso fue definir el objetivo de la sesión: ¿buscamos una sesión analgésica que permita hacer ejercicios desde esta primera sesión o una sesión de efecto más profundo que nos obligue a descansar?
Elección del protocolo de PENS
Con la CPM intacta, se podían usar dos estrategias:
- Protocolo Opioide: usa una frecuencia baja con el objetivo de activar mecanismos inhibitorios descendentes.
- Protocolo Gate Control: usa una frecuencia alta para provocar una estimulación no dolorosa.
Nos marcamos como objetivo trabajar con ejercicios desde esa primera sesión, es por ello que optamos por el protocolo Gate Control (nos evita el descanso de 24 h que requiere el protocolo opioide).
La decisión, como siempre, no se basa en recetas, sino en el contexto clínico: jugador activo, buena modulación del dolor y objetivo funcional inmediato.
La invasiva bien dosificada no sustituye al ejercicio, sino que lo hace posible.
Electrólisis percutánea y láser de alta potencia: ¿tienen sentido en este caso?
La electrólisis percutánea solo tendría sentido si coexistiera una tenosinovitis de la porción larga del bíceps en la corredera bicipital.
En ese caso, podría aplicarse para mejorar la vascularización y el proceso de reparación local de esa tenosinovitis. Sin embargo, para la lesión SLAP en sí, quedaría fuera del alcance de la aguja.
Para optimizar la recuperación del tejido profundo, el tratamiento con láser de alta potencia sí que sería capaz de alcanzar planos intraarticulares como el labrum superior. Este abordaje se puede combinar con sistemas superinductivos, que aceleran los procesos de reparación celular y estimulan la regeneración tisular.
El objetivo de esta combinación no será “curar” el labrum, sino optimizar el entorno de recuperación. La neuromodulación con PENS ayuda a controlar la irritabilidad del sistema nervioso y el láser de alta potencia puede favorecer la actividad metabólica en tejidos profundos.
Integración con el tratamiento activo
Como venimos defendiendo desde Easy, la efectividad real de la fisioterapia invasiva depende de lo que hagamos después.
El primer aspecto fue modular la carga global de entrenamiento. No se trataba de detenerlo todo, sino de ajustar el volumen y la intensidad para mantener la condición física sin seguir irritando el tendón del bíceps.
Paralelamente, analizamos el gesto deportivo. Los lanzadores con dolor anterior suelen presentar una rotación externa excesiva y un retraso en la activación del manguito rotador, lo que aumenta la tracción sobre el anclaje del bíceps. El trabajo se centró en mejorar la coordinación entre tronco, escápula y hombro, reduciendo la tensión sobre el labrum durante la fase de armado y aceleración.
En cuanto al ejercicio terapéutico, se siguió una progresión lógica: mejorar el control motor, aumentar la fuerza, integrar el movimiento en gestos funcionales y, por último, adaptarlo a las demandas específicas del deporte.

Se introdujeron ejercicios de rotaciones externas controladas, retracción escapular activa y trabajo excéntrico del bíceps con baja carga.
El criterio de progresión fue la monitorización del dolor, tanto durante las sesiones como en las 24 horas siguientes.
A medida que el paciente fue ganando control y confianza, se reintegraron gestos de lanzamiento progresivos, primero en distancias cortas y con menor intensidad, hasta llegar al volumen habitual de entrenamiento.
En cada etapa, el objetivo fue el mismo: conseguir que el ejercicio vuelva a ser terapéutico, no una fuente de irritación.
Este enfoque muestra que el éxito en una lesión tipo SLAP no depende de “reparar el labrum”, sino de restaurar la interacción entre carga, control y contexto deportivo. Esto ya lo comentamos en nuestra publicación anterior sobre la rotura del labrum del hombro, donde comentamos que cirugías ficticias no parecen mejores a cirugías reales.
La fisioterapia invasiva facilitó el punto de partida, pero fue el trabajo activo el que devolvió al hombro su función.
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Conclusiones
En este caso, la combinación de PENS y electrólisis percutánea permitió reducir la irritabilidad del hombro, mejorar la tolerancia a la carga y desbloquear una evolución que se había estancado.
No podemos considerar que la fisioterapia invasiva resolvió el problema, sino el razonamiento clínico detrás de su aplicación. Elegir la dosis adecuada, en el momento adecuado, para facilitar la aplicación del ejercicio.
La fisioterapia invasiva facilitó el punto de partida, pero fue el trabajo activo el que devolvió al hombro su función. En casos como este, la aguja no es el tratamiento, es el acelerador de un proceso de rehabilitación que sigue teniendo al ejercicio como pieza central.
Bibliografía
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