¿Alguna vez te has preguntado por qué la mayoría de profesionales mandan 3 series de 10 repeticiones? ¿Cuándo deberías pasar a prescribir 3 series de 15… o 5 series de 8?
Y no solo eso, qué ejercicio será el más adecuado para un paciente concreto, con un nivel de dolor específico y con unos objetivos individualizados.
Este artículo está pensado para que dejes de mandar ejercicios ‘a ojo’ y tengas un marco claro para decidir qué prescribir, cuánto y cómo progresar.
¿Qué es prescribir ejercicio terapéutico como un profesional?
Antes de explicar el cómo, definamos qué es “prescribir ejercicio” y qué es “mandar ejercicio”.
Mandar ejercicios consiste en elegir de forma aleatoria una serie de ejercicios que implican la articulación o región afectada del paciente. Sin método.
La prescripción de ejercicio en fisioterapia es un proceso de razonamiento clínico en el que, a partir de una valoración y unos objetivos claros, eliges:
- Qué ejercicio (y qué tipo de ejercicios) utilizar.
- Dosificación del ejercicio (intensidad, volumen, frecuencia, complejidad).
- Cómo progresar o ajustar según la respuesta del paciente.
- Cómo encajarlo dentro del manejo global (educación, otras técnicas, contexto biopsicosocial).

Y es que, la literatura deja claro que, para tratar el dolor musculoesquelético no basta con mandar ejercicios aislados para “hombro”, “rodilla”, “lumbar”…
Habrá que usar un sistema que tenga en cuenta el contexto personal y deportivo, factores psicológicos, hábitos modificables… usando el ejercicio como la pieza central del plan.
Claves que debes tener en cuenta para prescribir ejercicio terapéutico y tener éxito
Basándonos en la infografía de Caneiro y colaboradores, el manejo activo de nuestro paciente debe basarse en 5 principios:
- Descartar patologías graves y valorar riesgos y comorbilidades. Lo primero será siempre descartar patologías graves no controladas que puedan justificar la clínica de nuestro paciente.
- Mantener una comunicación centrada en la persona. Será clave mantener preguntas abiertas sobre cómo vive el paciente el dolor, qué cree que lo causa, qué le preocupa, qué espera del tratamiento, qué impacto tiene en su vida…
Esta información condicionará cómo debemos modular la carga mecánica de la región, tanto en el día a día (a nivel laboral y personal) como en la actividad deportiva. Además, determinará la elección de ejercicios, el ritmo de progresión y el grado de supervisión necesario. - Usar la educación como herramienta activa, no sólo como teoría vacía. Explicar al paciente “lo que le pasa” con palabras no siempre es necesario (alguien con un esguince agudo no lo necesitará). Tampoco tiene porque ser eficaz si eso no provoca cambios conductuales en el paciente.
Teniendo esto en cuenta, en las personas que sea necesario, un aprendizaje activo puede ser muy valioso para reforzar la autoeficacia y cambiar hábitos necesarios del día a día. - Llevar siempre hacia la autogestión. El objetivo no es que el paciente dependa de ti para siempre, sino que sea capaz de integrar el ejercicio y la actividad física en su vida diaria.
Aquí encajan la planificación de la progresión, las reglas para manejar reagudizaciones y la adaptación del programa a sus preferencias y contextos reales. - Considerar los factores de salud globales. El sueño, el tabaquismo, el peso corporal, el nivel de actividad física general o el estrés sostenido modulan la respuesta al ejercicio.
A veces deberás coordinarte con otros profesionales para que el programa de ejercicio tenga realmente impacto en la salud global del paciente.

Marco práctico para estructurar la prescripción de ejercicio en el día a día
1 Definir el problema y el contexto del paciente.
Antes de elegir series, repeticiones o el tipo de ejercicio, conviene tener claro las características individuales de nuestro paciente:
- Cuál es su contexto. Es importante tener en cuenta las comorbilidades, si es o no deportista, cuantificar la carga mecánica que recibe la región dolorosa, factores que influyen negativa y positivamente en el dolor…
- Qué estructura está afectada y en qué fase se encuentra. No trataremos igual un dolor nociceptivo agudo a un dolor difuso y crónico.
- Cuáles son las necesidades del paciente. No es lo mismo una tendinopatía del rotuliano en un maratoniano, un crossfitero o una señora de 60 años.
2 Fijar objetivos clínicos y hábitos que el paciente deberá adoptar
Cuáles son sus expectativas y qué quiere conseguir. Es importante alinearlas con tus propias expectativas como profesional. A veces, nos empeñamos en conseguir objetivos que al paciente ni le van ni les viene.
Por ejemplo, al maratoniano con una tendinopatía del rotuliano le dará igual aumentar su fuerza máxima, probablemente, solo quiera hacer largas distancias sin estar resentido al día siguiente.
Con respecto a los hábitos, instaurar rutinas de movimientos diarias pueden beneficiar mucho a ciertos perfiles. Ejemplos claros son pacientes en fase postoperatoria o pacientes con dolores inflamatorios de origen reumático.
3 Seleccionar el tipo de ejercicios
Además de cuestiones obvias como la región dolorosa, una de las claves a tener en cuenta en la selección de ejercicios son los niveles de irritabilidad de la persona.
Pacientes que presentan alta irritabilidad tolerarán peor ejercicios excéntricos y también ejercicios muy específicos para su zona dolorosa. Por otro lado, personas con menos irritabilidad podrán tolerar mayor tiempo bajo tensión en un ejercicio, cargas excéntricas y/o ejercicios muy focalizados en la zona dolorosa.
Exposición progresiva a un gesto que genera aprehensión (flexión lumbar, elevación de hombro…)
La evidencia en dolor musculoesquelético persistente respalda la exposición gradual a movimientos evitados como forma de reducir miedo, catastrofismo y discapacidad, especialmente cuando se combina con educación y reatribución del dolor. Programas tipo graded exposure o terapia cognitivo-funcional usan tareas funcionales reales, a veces apoyadas en distracciones o biofeedback (visual, EMG, plataformas) para que el paciente explore el gesto con seguridad y vaya ampliando rango, carga y velocidad.
Trabajo de capacidad de carga (fuerza / resistencia local del tendón o grupo muscular)
En tendinopatías y dolor de hombro/rodilla, múltiples ensayos muestran que los programas de fuerza progresiva (concéntrica, excéntrica o isotónica pesada) mejoran dolor y función si se aplican con suficiente dosis y duración, independientemente del “tipo” exacto de contracción. El foco está en aumentar la capacidad del tejido y del sistema neuromuscular para tolerar las demandas específicas del paciente (deporte, trabajo manual, tareas domésticas), respetando criterios de dolor aceptable y progreso paulatino.
Condición general (aeróbico, multicomponente)
El ejercicio aeróbico regular se asocia con reducción de inflamación sistémica de bajo grado (descenso de IL-6, TNF-α, PCR) y mejora de sensibilidad al dolor y función en cuadros de dolor crónico musculoesquelético. Las guías recomiendan combinar entrenamiento cardiorrespiratorio con fuerza y educación, ya que los programas multicomponente mejoran capacidad física, sueño, estado de ánimo y calidad de vida, factores todos que modulan la percepción de dolor y la respuesta a la carga local.
Control motor y coordinación (patrones rígidos o protectores, gestos deportivos)
En algunos subgrupos (por ejemplo, lumbalgia con patrones muy rígidos o deportistas con técnica alterada), los programas de reentrenamiento del control motor han mostrado ser eficaces.
Una vez consolidados esos patrones en tareas simples, conviene integrarlos rápido en gestos funcionales o deportivos (sentadillas, cambios de dirección, golpeo, lanzamiento), para que el cambio técnico se traduzca en mejor tolerancia a la carga real y menor riesgo de recaída.
4 Definir la carga inicial
La carga inicial no es un número mágico de series y repeticiones. Es el punto de partida desde el que quieres que el paciente mejore sin disparar la irritabilidad. Para definirla, combina lo que has visto en la valoración (fuerza, resistencia, patrón de movimiento) con su historial de actividad y su nivel de confianza con el ejercicio.
En la mayoría de cuadros musculoesqueléticos persistentes tiene sentido empezar con intensidades ligeras-moderadas (RPE 3–5/10) y un volumen que genere sensación de trabajo, pero sin fatiga extrema. Un criterio práctico es permitir algo de molestia durante el ejercicio (por ejemplo, hasta 3–4/10), siempre que no haya un empeoramiento claro en las siguientes 24 horas. Si el dolor se dispara o se mantiene al día siguiente, probablemente la carga inicial era demasiado alta o el ejercicio demasiado específico para la zona sintomática.
También debes ajustar la frecuencia semanal al contexto. Un paciente muy desentrenado necesitará más días de recuperación entre sesiones de fuerza, mientras que alguien activo puede tolerar mayor densidad de trabajo. En tendinopatías o problemas de hombro/rodilla suele funcionar bien empezar con 2–3 sesiones semanales de fuerza progresiva, combinadas con trabajo de condición general los días intermedios.
Por último, ten en cuenta la complejidad técnica. En fases iniciales es preferible usar ejercicios sencillos, con pocas variables que controlar, para que el paciente pueda centrarse en la sensación de esfuerzo y en el criterio de dolor aceptable. A medida que mejora la tolerancia a la carga, podrás aumentar no sólo peso o volumen, sino también rango, velocidad y demandas de coordinación, acercándote cada vez más a las tareas reales que quieres que vuelva a hacer.
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5 Fijar reglas de progresión y regresión
La prescripción no termina cuando eliges la carga inicial. Para que el programa funcione, necesitas reglas claras que te digan cuándo subir, cuándo mantener y cuándo echar un poco el freno. Idealmente, el paciente también debería conocer estas reglas.

En la progresión, el principio base es la sobrecarga progresiva. Si un ejercicio deja de suponer un reto (RPE muy bajo, sin fatiga ni sensación de trabajo), es poco probable que siga generando cambios. En ese caso, puedes aumentar gradualmente la intensidad (más carga, más rango, más velocidad) o la especificidad (pasar de un patrón general a un gesto cada vez más parecido al objetivo funcional o deportivo).
A medida que sube mucho la intensidad, el volumen suele tener que bajar: por ejemplo, pasar de 3×12–15 a 3×5 con un esfuerzo mucho más alto, o de 20 minutos de marcha suave a bloques cortos de marcha más exigente.
En pacientes con miedo al movimiento o con dolor persistente, la progresión también debe seguir una lógica de exposición graduada. Empiezas por situaciones que generan poca amenaza (gestos parciales, con apoyo, con ayudas visuales o táctiles) y, según la respuesta, avanzas en tu jerarquía de ejercicios hacia tareas más desafiantes. El objetivo no es sólo que “aguante más carga”, sino que aumente su confianza al moverse en rangos y gestos que antes evitaba.
La regresión no es un fracaso, es parte de la prescripción. Si la respuesta al ejercicio es peor de la esperada (dolor que se dispara y se mantiene en las siguientes 24 horas a la actividad, fatiga excesiva o empeoramiento funcional), puedes aplicar varias estrategias:
- Usar actividad graduada, fijando cuotas de trabajo por debajo del límite de tolerancia (por ejemplo, caminar 8 minutos en lugar de “hasta que duela”).
- Modificar variables: reducir carga, repeticiones o velocidad, acortar el rango de movimiento, o cambiar a un ejercicio de la misma familia pero menos exigente.
- Aplicar pacing, dividiendo una tarea en bloques más pequeños con pausas programadas (por ejemplo, tareas domésticas en tramos cortos separados, en vez de hacerlo todo de golpe).
Lo importante es que estas reglas de progresión y regresión estén decididas de antemano. Así evitas cambiar ejercicios al azar y conviertes cada ajuste en información que te ayuda a entender mejor la respuesta del paciente a la carga.
6 Planificar el seguimiento y la revisión
Desde el inicio, deberías decidir cada cuánto vas a revisar el programa (por ejemplo, cada 1–2 semanas en fases iniciales) y qué vas a mirar en esas revisiones: dolor, función en la tarea diana, adherencia al programa y respuesta a la carga en las 24–48 h posteriores. Eso evita que las decisiones se basen en sensaciones vagas tipo “creo que te va mejor”.
En la práctica, es útil repetir siempre las mismas 2–3 “medidas ancla”. Ejemplos de estas medidas son: cuestionarios, escala sencilla de dolor, test físico para una tarea funcional clave…
En función de los resultados, habrá que seguir reglas de progresión o regresión en los ejercicios.
El seguimiento también sirve para revisar los hábitos que habías pactado (sueño, tiempo sentado, actividad física general) y ver si siguen siendo realistas. A veces el problema no es la prescripción en sí, sino que el contexto del paciente ha cambiado: más estrés, menos tiempo, recaída por exceso de carga puntual. Integrar estos elementos en la revisión te permite adaptar el programa sin culpar al paciente ni aferrarte a un plan que ya no encaja.
Conclusiones
Prescribir ejercicio en fisioterapia es mucho más que elegir tres ejercicios y pautar 3×10. Significa valorar bien a la persona, definir objetivos claros y escoger el tipo de estímulo y la dosis inicial, con reglas sencillas para progresar o reducir carga según la respuesta.
Cuando dejamos de trabajar “a ojo” y seguimos un marco de decisión, los programas son más tolerables, más útiles para lo que el paciente necesita y más fáciles de ajustar cuando hay cambios o reagudizaciones.
Para que el ejercicio funcione, debe formar parte de una estrategia global: buena comunicación, educación que lleve a cambios de conducta, fomento de la autogestión y cuidado de factores como el sueño, el estrés o el nivel de actividad física general.
La evidencia en dolor musculoesquelético respalda este enfoque integrador, que combina capacidad de carga, condición general, control motor y exposición graduada. Así pasamos de recetas genéricas a planes razonados y repetibles, y tu experiencia deja de ser intuición para convertirse en un sistema que puedes aplicar de forma consistente.
Bibliografía
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